• Silvana Mónica Nasif

Espacios lúdicos en sala de 2 años


Sala de 2 años JIN “B” D.E. 9 CABA

Espacio: Una sala amplia luminosa, aireada, que va a convertirse en distintos momentos en numerosas y variadas propuestas lúdicas, en este caso para niños y niñas de dos años.

Contexto:

Soy docente con treinta años de trayectoria y diferentes caminos recorridos. Desde lo geográfico ejercí en la provincia de Jujuy, de Tucumán y por último en la Capital Federal ya hace más de 20 años. Desde lo cultural también mi formación es diversa, hice teatro, clown, artes plásticas, danzas africanas, danzas nativas y folclóricas argentinas para niños/as y adultos, participé de la Murga Porteña Popular.

Realicé capacitaciones y postítulos, distintos recorridos que fortalecieron mi formación, ampliando y cambiando mi mirada, mi presencia, mi relación con los otros, otras, llámese docentes, familias, niños, niñas, dentro de múltiples espacios educativos del Nivel Inicial y Jardines de Infantes Comunitarios también de la Ciudad de Buenos Aires, por salas de salas de 5, 4, 3, 2 años, salas integradas, maternal.

En este largo trayecto de formación y trabajo profesional, considero que el amor, el compromiso, la flexibilidad, la responsabilidad y el deseo son la base y los motores de la vida para potenciar la creatividad y la calidad de lo que uno hace y ofrece. También soy madre de dos hermosas mujeres Julieta de 25 años y Jazmín de 20, abuela de Tahue de 3 años, con quien juego, aprendo y me reconozco en el tiempo ya con muchas canas en mi cabello.

Cuando salgo del trabajo, agarro mi bicicleta, abriéndose o posibilitándose allí el momento para reflexionar y repensar mi tarea docente. Conectarme con los giros y pedaleos que hacen mis piernas, me oxigeno los pensamientos, el mal humor que a veces me atraviesa, entro en una rueda de equilibrio entre el aire que entra y sale de mis pulmones, y las ideas que se van pasando como una película muda de imagen lenta y rica en color, donde voy construyendo entre pedaleada y pedaleada un nuevo orden para habitarlo y desplegarlo…

Muchos pensamientos surgen en ese momento: ¿qué es una propuesta lúdica?,¿qué es un espacio lúdico?. ¿Qué tiene que tener, contener, potenciar, cubrir?. ¿Es acotado a una edad, es abierto a cualquier edad?

Desarrollo:

Todas las mañanas voy temprano al jardín, casi una hora antes, para tener tiempo en armar el espacio, prepararlo, combinar los juguetes o los materiales, donde todo es considerado: la distribución del juego, la cantidad de materiales, la calidad del mismo, para que esté libre de roturas, la posibilidad de colgarlo, construirlo, buscarle sostén firme, bien firme, etc.

Cada nudo que hago es a prueba de la fuerza que ejercen los niños de dos en su exploración, eso es tener en cuenta al niño/a con sus características para que en el desarrollo del juego no se frustre su curiosidad al caérsele una estructura porque estuvo mal armada, o mal atada, por ejemplo.

Sabemos que los niños en su exploración prueban, miden fuerza, equilibrio, textura, peso, posibilidades de manipuleo, pasan de una acción a la otra en breves cuestiones de minutos. Dejan y toman, buscan, vuelven a lo anterior, elijen, y cuando se detienen, la exploración se convierte en composición de algo, en juego, en encuentro con eso que eligió, en descubrir que hay un otro/a, que también está jugando produciéndose instancias de complicidad y alegría, donde un nuevo juego o idea salió a la luz y estalló en movimiento y acción.

El período de inicio fue largo, con demasiado llanto y angustia. Esto me llevó a repensar la propuesta de la mañana para que cuando llegaran los niños y se abriera esa puerta, la propuesta de juego o el escenario lúdico fuera tan atractivo, que los invitáse a jugar, donde la curiosidad por entrar a ese espacio superara la angustia de esa separación. Cada mañana el llanto se fue transformando en placer, en entusiasmo por llegar y encontrarse con ese paraíso de formas, colores, sugerible para entrar y sumergirse en ese hacer y deshacer, en ese encontrar y dejar, en ese “lo quiero todo para mi” pero por un ratito...

Mi observación en el despliegue y recorrido que ellos hacían cada mañana se hacía día a día más finita y aguda. ¿qué tenía que reforzar o ajustar o volver a ofrecer?. ¿Cómo potenciar el encuentro entre ellos?, el descubrirse. ¿Cómo atravesar esa tela o colgarla para que el encuentro con ella sea diferente al anterior y le permita entrar en un juego diferente en relación a ese objeto o en el encuentro con el otro? Habilitar una propuesta que dificulte o enriquezca el recorrido para los más deambuladores, etc.

De esta manera los espacios se fueron armando, cubriendo el piso de texturas y colores, atravesando el espacio de telas, cortinas, lluvias, tubos y así cada mañana se convirtió en diferentes escenarios lúdicos, de montañas, de mar, de vecinos paseando sus hijos, de juegos de escondite, de juegos de dramatización con diferentes personajes a través de un títere, un disfraz, un sombrero, o despertando la curiosidad y el encuentro entre dos o más compañeros/as descubriendo el recorrido que hace una pelota metida por el agujero de un tubo y cae del otro lado y provoca risa y repetición del juego y cómo invertir el tubo para que las pelotas ya no caigan y se amontonen...

Una mañana, parada frente a esa sala de metros libres que es el espacio donde armo los escenarios, quise cambiar cómo iba a presentar la propuesta de juego, quería que cuando llegaran a la sala no se encontraran con gran despliegue y con todo a la vista, sino que se dieran con algo diferente y les despertara mayor curiosidad atreviéndose a invadir, ocupar, apropiarse de lo que allí había. Fue así que rellené unas cajas (me las había encontrado en la calle unos días antes, perfectas todas iguales, encontrarse material de esta calidad es seguir agradeciendole a la vida y a que los cartones no me ganen de mano), algunas telas, otras con pelotas pequeñas, otras vacías, las cerré y apilé en varias columnas, luego las tapé con diferentes telas amplias y quedó una gran montaña a simple vista. Por otro lado, en el jardín contamos con unos biombos de cartón de mayor densidad, con los que separamos o dividimos el espacio, armamos laberintos, marcamos caminos, o nos sirven de retablos, es decir multifuncionales, también encontrados en la calle y traídos a fuerza de pulmón y brazos al jardín. Bueno continúo, se me ocurre poner este biombo como trípode, cerrando algunas de sus partes, ya que no es rígido sino flexible. Atado a la ventana coloqué un cilindro de cartón de ancho diámetro, por un lado está abierto del todo, del otro lado tiene un orificio del tamaño de una pelota chica, lo coloqué inclinado. Dos estructuras grandes cada una en un casi extremo de la sala, el cilindro en una pared y nada más.

Una vez terminado el saludo de ingreso al jardín, cada niño/a con su mochila, algunos solos, otros aún acompañados por su mamá o papá, fueron caminando a la sala, cruzando el largo pasillo que nos conduce a la sala AZUL de dos años. Están los que toman la delantera y llegan primero, estos dan viva voz de lo que hay adentro, esta vez se quedaron parados y me miraron. Luca con su chupete en la boca dice: "Ahí” y señala la montaña, lo miro, miro a los otros, me encojo de hombros y les digo: “No se que hay”... Entran, rodean la montaña, unos más rápidos que otros fueron sacando las telas, se reían, algunas cajas comenzaban a verse ya, cuando las descubrieron, dijeron cajas y con la fuerza y entusiasmo que los caracteriza, comenzaron a agarrar una por una abrir, sacar, darlas vueltas, levantarlas en alto, tirarlas. Se reían de lo que iban encontrando, las sacudían, cuando agarraban una vacía, se asombraban más aún. En menos de 8 minutos la montaña se había convertido en una extensa llanura de telas, cajas y pelotas por doquier. Allí se había producido el primer juego de exploración: descubrir, abrir, encontrar, tirar. Algunos se quedaron en ese sector volviendo a cargar las cajas, otros juntando telas iguales, otros recogiendo las pelotas en una caja. Los más inquietos y decididos pasaron a la otra estructura, se metieron adentro y desde los extremos la cerraron a modo de pared de casa, les seguí el juego, escondidos ellos adentro, yo les golpeaba desde afuera y preguntaba: ¿Hay alguien allí?¿ Donde están los chicos? y los nombraba uno por uno, antes que terminara de nombrar ya estallaban en gritos y risas, haciéndose ver. A ese juego lo repitieron una y otra vez. El grupo de juego iba renovándose, algunos se iban otros se sumaban.

En un momento en que fui a jugar con los que habían quedado con las cajas, las cuáles ya eran ocupadas por ellos a modo de vehículo, siento un alboroto detrás mío y era que los que estaban jugando a las escondidas habían dado vuelta el biombo de una manera que este calló al piso y se convirtió en una plataforma para correr sobre él, saltar y divertirse de otra manera... las que se encontraban sorprendidas esta vez éramos nosotras, mi compañera de sala y yo. Inventaron un juego, de saltar y caerse acostados de espalda, probaban que esa superficie de cartón era más blanda que el piso y les permitía caer con confianza sin golpearse y sin sufrir dolores. Contaban, una, dos, tressss y caían y volvían a pararse y repetían la acción. Los participantes iban cambiando, algunos se cansaban y pasaban al lugar de las cajas. Pasó un tiempo, dejaron de jugar y siguiendo al líder y promotor del juego pasaron a otra instancia de encuentro, de vínculo, de descubrir juntos y sorprenderse, de esperarse para comenzar el juego de nuevo, de pasarse el protagonismo

Cuando dejaron de usar el biombo acostado, lo volví a poner de manera vertical y en un abrir y cerrar de ojos, habían transportado telas dentro de ese refugio que se levantaba allí, y les permitía hacer un juego de complicidad más oculta. Sentados en ronda se repartían las telas, se ataban, las tocaban, casi no había palabra, se relacionaban entre ellos a través del material. No intervine, quedé allí a las sombras mirando, observando, el grupo que se había reunido en ese círculo era menos bullicioso que el anterior, no los quise molestar, no necesitaban más, parecían compartir la cocina de algo, una trama de telas y tiras de manos y miradas buscándose en el diálogo corporal.

El movimiento del juego era circular, se abrían y cerraban escenas. Se ocupaban, habitaban, descubrían y estallaban y de allí a otra escena, a otra imagen, a otro intercambio con el otro, otra, quizás sean los mismos, quizás diferentes.

El cilindro colgado en la ventana fue otro disparador de ideas, exploración, juego, diálogo de gestos, risas, ojos abiertos y miradas sorprendidas, de festejar lo que descubrían al accionar unas pelotas que entraban por el agujero chico y caían por el otro extremo. Uno decidió devolver las pelotas por el mismo tubo, no hubo resultado, sus brazos no llegaban hasta el otro extremo, colocaron el cilindro de manera horizontal y derecho, las pelotas comenzaron a amontonarse dentro y de repente, soltar el tubo y que caigan todas juntas les pareció una fiesta de colores, aplaudían, repitieron el juego de una y otra manera. a veces me buscan para jugar, otras ni les hago falta, la pasaron muy bien, yo los disfruté en esa distancia cercana y respetuosa de no invadir y sí intervine cuando fue necesario.

Aprendo, no dejo de aprender, yo ofrezco, abro, presento, armo, ellos me muestran el abanico de posibilidades, el arcoiris de ideas y de risas, muchas ventanas se abren cada mañana, ventanas a diferentes mundos, algunos más salvajes, otros más aventureros, otros más cerrados y con silencios, pero siempre entre ellos está ese motor del juego, de la curiosidad, la alegría y del aprender jugando, explorando.

Cierre:

Más preguntas surgen: ¿es sólo para sala de dos años esta propuesta?. Y sin buscar la respuesta, se responde cuando otros niños de otras edades entran a jugar en ese espacio-tiempo y se producen y multiplican las más variadas acciones y encuentros de juego, intercambios y posibilidades de juego y aprendizaje se alojan entre ellos, entre ellas, entre sus risas, sus enredos, sus voces, sus movimientos, sus iniciativas y desplazamientos.

#Juego #JardínMaternal

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